Lo que busca un escritor

El filósofo, narrador y dramaturgo francés de origen argelino Albert Camus. El autor de “El Extranjero”, “El Mito de Sísifo” y “Calígula”, entre otros, reflexiona aquí sobre el papel del escritor.
En 1957, a la edad de 44 años, se le concedió el Premio Nobel de Literatura por «el conjunto de una obra que pone de relieve los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de hoy».

Por: Albert Camus (1913-1960)

Es muy difícil hoy en día tener la apariencia de lo que uno es. Pero es a veces imposible ser lo que uno aparenta. En mi caso, me siento profundamente desconsolado y me gustaría defenderme sin mucho ruido o falsa vergüenza. Antes de ser conocido, un escritor de nuestro tiempo debe resignarse a un pequeño número de lectores. He aquí un hecho saludable. Pero desde el momento en que su reputación empieza a subir de tono, apenas se convierte en el tema de un artículo periodístico, entonces tiende a ser conocido por un gran número de gentes que nunca lo leerán. Y desde entonces no se dará a conocer por lo que es sino de acuerdo a la imagen creada por un apresurado, aunque infalible repórter. La imagen será falsa o ridícula —o ambas cosas a la vez—. El hecho es que para ganarse hoy día un nombre literario no es absolutamente necesario escribir libros. Es suficiente decir que se ha escrito uno de los libros comentados por los periódicos y luego echarse a dormir. Pero el hombre que aspire actualmente a escribir libros auténticos debe resignarse, ya sea a permanecer anónimo, o ya sea a aceptar el regalo de un nombre que no es el suyo.
Podría añadir que si esta condición no es saludable, no es la menos edificante. Los médicos saben que ciertas enfermedades son deseables: aquellas que compensan de algún modo los desórdenes funcionales que romperían el equilibrio del organismo. El diluvio de frases y de juicios ligeros que sumerge hoy en día toda actividad pública en un mar de frivolidades tiene, sin embargo, algún significado. El escritor francés, en una nación donde se le concede excepcional importancia a su arte, ha aprendido su lección en la modestia. El ver nuestro nombre en ciertos periódicos y revistas es una experiencia tan seria que el alma se ve obligada a aprovecharse de ella. Así sucedió con Wilde, quien solo después conoció la humildad y su verdadero destino cuando, habiendo cambiado la corbata del dandy por las ropas del presidiario, fue obligado a vivir entre los delincuentes y los parias. Bendita sea la sociedad que, a tan bajo precio, nos enseña diariamente, con sus actos de tributo, que las grandezas que idolatra no son nada. Nuestra prensa se parece en mucho a los fuegos producidos por esos proyectiles de paja que a menudo organizaba Alejandro VI a fin de recordar que las glorias de este mundo no son más que humo y cenizas.
Pero estas consideraciones son demasiado solemnes para el tema. Basta decir que el escritor debe resignarse, y con buen humor, si es posible, a la torcida imagen de sí mismo alborotando una sala de espera o un salón de belleza. Así, se supone a Sartre presidiendo cada noche unas humeantes bacanales donde las ninfas lucen frondosas cabelleras y los faunos uñas terroríficas. ¿A qué hora tiene tiempo de llenar largos estantes con sus obras? Este escritor, en rigor, al igual que muchos de sus colegas, duerme en las noches a fin de poder trabajar varias horas al día siguiente, sentado en su escritorio, y bebe agua mineral para aliviar su hígado; y, a pesar de esto, el francés común, cuya sobriedad de hijo del Sahara y cuyo maniático aseo son notables, se indigna al pensar que uno de nuestros más famosos escritores enseña que debe emborracharse y mantenerse sucio. […]
Que los fuegos de Alejandro sigan. ¿Qué importa nuestra apariencia? Lo que somos y lo que vamos a ser: esto es suficiente para llenar nuestras vidas y ocupar nuestras fuerzas. París es una caverna donde los hombres, viendo sus propias sombras moverse en la pared, las toman por reales. Pero lejos de París hemos visto la luz que brilla a nuestras espaldas. Hemos aprendido que, para darnos con ella, debemos romper las ligaduras y mirar en torno nuestro y que nuestra tarea sobre la tierra consiste en aprender su nombre. Una vez que las ligaduras sean rotas, todo el resto se suelta, se afloja. Cierto es que cada escritor está en busca de su verdad; si es grande, cada obra suya le acerca a ella o, al menos, gravita próxima a su centro, a ese sol oculto donde todas las cosas van a consumirse un día; si es mediocre, cada obra le lajea y el centro está en cualquier sitio y la luz está difusa.
Solamente aquellos que aman al escritor pueden ayudarle en su obstinada lucha; pero también aquellos que amando o creando encuentran que su pasión es la medida de toda pasión, y pueden juzgar por eso. Los otros, aquellos que hablan todos los días, nada tienen que enseñarle.

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