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¿Se puede comprar la felicidad?

¿Cuántos de nosotros vivimos enajenados? es decir ajenos a nuestros propios deseos, a nuestra propia esencia. Este es uno de los tantos cuestionamientos que mi mente y corazón me hacen.

La mayoría de tiempo la mente deambula mientras leemos, hablamos con otras personas, tomamos café e incluso cuando tenemos sexo.

En la última tarde del 2016, mientras mis manos sentían el calorcito de una taza de café, pensaba: ¨Hay algo en la naturaleza del café que nos lleva a un mundo de contemplación, un espacio tranquilo de la vida. ¡Amado café, que me haces dormir poco y soñar mucho!¨ Reflexioné entonces, sobre las cosas que me hacen feliz.

Intercambiando palabras con un amigo, compartí con él cuán ansioso me sentía porque estaba por llegar un nuevo juego de tacitas para mi bebida favorita el espresso. Empezamos a cuestionar sobre cuántas cosas materiales acumulamos para sentirnos ¨felices¨. Expliqué que mi razón para adquirir la tacita, un artículo material, es pragmática; ya que la tacita de espresso es necesaria debido a la carencia de ésta en mi oficina, si continúo bebiendo mi espresso en taza grande, lo seguiré tomando frío debido a la profundidad de la taza.

Sin embargo, este nuevo año he decidido cambiar totalmente mis malos hábitos y tener una rutina saludable para vivir mejor, mi gusto por el café tendrá su consecuencia. Según lo que he leído, el café afecta a la digestión y reduce el sueño, por lo que la tacita se convertirá en un objeto obsoleto, así, la felicidad que me daba mi tacita también llegará a su fin.

¿Entonces dónde está la felicidad?

En mi vida profesional trato diariamente con experiencias sobre: cómo se navega un sitio web, la experiencia de un usuario al concurrir a un evento; es decir, me paso la vida estudiando el comportamiento del usuario en base a las experiencias que construyo para ellos en el mundo digital.

Me pregunté entonces ¿por qué no hago lo mismo en mi vida? ¿por qué no puedo construir experiencias en lugar de adquirir cosas?

La felicidad está en el contenido de las experiencias, de momento a momento. Nada material es intrínsecamente valioso, excepto en la promesa de felicidad que lleva consigo. La satisfacción en poseer algo, no tiene que venir durante el momento en que se adquiere, puede venir como anticipación o anhelo nostálgico de obtenerlo.

A menos que esta mente tenga algo emocionante para planificar o dulce al recordar, permanece contemplando los acontecimientos pasados ​​y futuros. Este hábito a largo plazo nos afecta y vuelve infelices. Todos vivimos enajenados por el juego del consumo, en mayor o menor medida.

Hace casi un año cambié un poco mis prioridades, reemplacé objetos con experiencias. Traté en Navidad de mostrarle a mi familia un poco de lo que estaba pensando. Cambié mi ¨Wish List¨ que solía estar llena de objetos, por mi ¨Experiences List¨. Al final fracasé, todos me dieron objetos. El consumismo no nos da felicidad, menos aún con tanto inequidad que existe en el mundo.

Adquirir experiencias, no objetos

Definitivamente la decisión de reemplazar cosas con experiencias me ha cambiado la forma en la que construyo mi felicidad; desde entonces mi consejo es “inviertan en estudio, viajes, prueben el mundo”.

El año pasado, el cielo, el mar, la tierra, el sol y la luna se convirtieron mágicamente en mis únicas pertenencias; y, aunque suene etéreo, es sorprendente cómo la memoria se va construyendo alrededor de cosas que no percibimos en ese momento.

La memoria es un lugar encantador, hay que llenarlo inclusive de malas memorias, algo positivo tendrán. Ahora me siento como esos paisajes, puedo ser audaz e incluir todos los tonos de azul y rosa.

Y tú… ¿vives enajenado por juego del consumo, ajeno a tus propios deseos o a tu propia esencia?

Dario J. Pantosin

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